El latido de la tierra roja: memoria, rito y piel en el corazón de San Fermín


La niebla de la mañana en Pamplona no es de agua; es de suspiros acumulados. Quien se sitúa en la cuesta de Santo Domingo a las siete de cada mañana de julio no respira aire, respira una herencia invisible. El adoquín frío, lavado por las mangueras municipales tras la noche de fiesta, brilla bajo las primeras luces del día como un espejo que espera reflejar la verdad más absoluta del ser humano: el miedo transformado en arte, la muerte desafiada por amor a la vida




Editorial | autor: Ignacio Benítez 

San Fermín no empieza en el chupinazo, ni termina con el "Pobre de mí". San Fermín ocurre en ese instante eterno en el que el silencio se adueña de una masa vestida de blanco y rojo, justo antes de que el primer cohete desgarre el cielo. Es una historia escrita con la caligrafía del peligro y el trazo del afecto. Un idilio de siglos entre un pueblo, su santo y el animal más bello de la creación.


Las raíces de una devoción: el pacto del tiempo

Para entender la pureza del encierro es obligatorio despojarse del ruido moderno. Hay que viajar al origen, allí donde la necesidad se convirtió en liturgia. En la Edad Media, los carniceros y los pastores de la cuenca de Pamplona no buscaban la gloria televisada ni el aplauso de millones de espectadores. Buscaban el pan. Los toros que debían lidiarse en las plazas de la ciudad se criaban en las dehesas lejanas y debían entrar al recinto urbano antes de que el sol castigara las calles.

Los pastores descubrieron que la forma más rápida y segura de conducir a las reses bravas por el laberinto de murallas era corriendo delante de ellas, guiándolas con sutileza, con el cuerpo como único escudo y el cayado como timón. Los jóvenes de la ciudad, poseídos por esa chispa universal que empuja al hombre a medirse con la fuerza de la naturaleza, comenzaron a sumarse a la carrera. Lo que nació como una labor gremial, puramente logística, mudó su piel hasta convertirse en un rito de iniciación, en un poema épico que se repite cada mañana.

La fecha inicial tampoco era la de ahora. Las fiestas se celebraban originalmente en octubre, coincidiendo con las ferias comerciales. Pero el norte de España sabe bien que el otoño es caprichoso, lluvioso y oscuro. En 1591, los pamploneses, cansados de suspender sus celebraciones por el mal tiempo, decidieron trasladar las fiestas al séptimo día del séptimo mes. Aquel traslado no fue solo un cambio en el calendario; fue un pacto con el verano, un bautismo de luz que transformó la sobria tradición medieval en una explosión de vitalidad desbordante. El encierro encontró entonces su escenario perfecto: la luz dorada del amanecer de julio, un lienzo donde el blanco de las camisas reluce con una pureza casi mística.


Santo Domingo: la vertical del miedo y el canto del alma

Si la historia del encierro tuviera un altar, este se ubicaría en el inicio de la cuesta de Santo Domingo. Es el tramo más puro, el más noble y, sin duda, el más peligroso. Aquí el terreno no concede tregua; es una rampa empinada flanqueada por altas paredes de piedra que amplifican el eco de las pezuñas. Los toros salen de los corrales con las fuerzas intactas, con la velocidad de un rayo negro que asciende la ladera buscando la luz.

En este rincón, minutos antes de las ocho, se produce el acto de fe más hermoso de la fiesta. Frente a la hornacina que custodia la pequeña imagen de San Fermín, protegida por un cristal y adornada con flores frescas, los corredores se congregan con los periódicos enrollados en la mano. Las caras son un mapa de la concentración humana: mandíbulas apretadas, ojos clavados en la nada, manos que tiemblan levemente al persignarse.

Entonces, las voces se unen en un solo lamento que es, a la vez, una caricia de auxilio: "A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición".

El cántico se repite tres veces. No es una mera tradición folclórica; es un lazo invisible que une al corredor de hoy con el de hace un siglo. Es el reconocimiento humilde de que, ante la fuerza del toro, el ser humano es una brizna de paja al viento. En ese canto hay un cariño inmenso hacia el santo, a quien llaman afectuosamente "el morenico" por el color tostado de su rostro tallado. Se le pide protección, no victoria. Se le pide volver a casa sanos para poder abrazar a las madres, a los hijos, a los amigos. Es la espiritualidad de la calle, desprovista de dogmas y llena de una verdad lacerante.

Cuando el reloj de la iglesia de San Cernin da las ocho, el cohete estalla. El sonido reverbera en el pecho de los corredores. Las puertas del corral se abren y el corazón de Pamplona da un vuelco.


El arte de la carrera: la distancia y la caricia

Correr el encierro no es huir. El que huye lo hace por cobardía, con la espalda vuelta al peligro y la mente nublada por el pánico. El auténtico corredor de San Fermín mira al toro a los ojos. Su carrera es un diálogo de milésimas de segundo, una danza perfecta donde el objetivo no es ganar al animal, sino acompañarlo, fundirse con su trayectoria, acariciar sus astas con el aire que desplaza el cuerpo.

Existe una mística insondable en lo que los viejos corredores llaman "coger toro". Significa colocarse exactamente delante de las palas del animal, a escasos centímetros de las puntas de sus cuernos, y mantener su misma velocidad durante unas pocas zancadas. En ese espacio milimétrico, el tiempo se deforma. Los segundos se estiran como chicle. El estruendo de la multitud desaparece; ya no hay gritos, ya no hay cámaras, ya no hay miedo. Solo existe el jadeo del toro, el calor que desprende su cuerpo negro y el ritmo compasado de las piernas del mozo. Es un instante de belleza tan pura que justifica toda una vida de esperas.

Cada tramo de la carrera exige una destreza diferente, un tipo de amor distinto. Tras la furia vertical de Santo Domingo, el encierro llega a la Plaza Consistorial. Aquí el espacio se ensancha brevemente, el sol baña la fachada barroca del ayuntamiento y los corredores pueden abrirse, respirar un segundo antes de enfilar la estrecha calle Mercaderes.

Mercaderes es la antesala del drama físico. Es un tramo corto pero técnico, donde la manada suele tomar velocidad buscando la famosa curva que da acceso a la mítica calle Estafeta. Es en esa esquina donde las leyes de la física dictan su sentencia. Los toros, debido a su enorme peso y a la velocidad que traen, tienden a deslizarse por la inercia, estrellándose a menudo contra los tablones exteriores. El corredor sabio sabe que ahí no se puede ganar la partida; respeta la trayectoria del animal y se aparta con la delicadeza de quien esquiva un torbellino de terciopelo y hueso.


Estafeta: el largo pasillo de la memoria

Si uno cierra los ojos y piensa en San Fermín, la imagen que aparece es la calle Estafeta. Un largo pasillo de casi trescientos metros, flanqueado por balcones engalanados de donde cuelgan banderas, mantones y miradas angustiadas. Estafeta es el territorio de la resistencia, el lugar donde el encierro se asienta y ofrece sus mejores estampas artísticas.

Aquí, la manada suele estirarse. Si los bueyes —esos nobles guías mansos que visten campanas al cuello— hacen bien su trabajo, mantienen al grupo cohesionado. Pero a menudo, un toro se descolga. Es el "toro suelto", la figura más temida y respetada de la fiesta. Un toro que se queda rezagado pierde la noción del grupo, se siente amenazado y empieza a mirar a los lados, a buscar enemigos en cada sombra blanca.

Es en ese momento cuando aflora la solidaridad más pura entre los corredores. En el encierro no hay rivales; hay hermanos de sangre. Cuando un toro se vuelve o se queda parado en Estafeta, los corredores veteranos no buscan su lucimiento personal. Se juegan la vida llamando la atención del animal con el periódico, citándolo de frente para que retome el camino hacia la plaza, desviando su mirada de algún mozo caído en el suelo que no puede levantarse.

Ese auxilio mutuo es el verdadero tejido social de San Fermín. No importa el idioma, no importa el color de la piel ni el origen social. En la Estafeta, un aristócrata y un obrero visten el mismo uniforme de algodón, comparten el mismo suelo duro y se salvan la vida mutuamente sin preguntarse el nombre. Es un derroche de generosidad que emociona hasta las lágrimas a quienes lo observan desde la seguridad de los balcones.


La bajada al callejón y el embudo de las almas

Al final de la Estafeta, el terreno empieza a descender suavemente en el tramo de Telefónica. Es una zona engañosa, un espacio donde las fuerzas ya flaquean, las piernas pesan como el plomo y el cansancio acumulado tras días de fiesta empieza a pasar factura. El sonido de la plaza de toros, un rugido sordo de miles de personas, empieza a colarse por los oídos de los corredores como un faro sonoro.

Y entonces, el callejón. El embudo de la plaza de toros es, estéticamente, el lugar más dramático de todo el recorrido. Es un túnel estrecho, oscuro, que desciende abruptamente hacia la luz del ruedo. Pasar por el callejón es como atravesar el canal de un parto místico: de la oscuridad de la calle a la explosión de luz y color de la plaza.

Sin embargo, el callejón encierra el peligro de los montones humanos. Si un corredor tropieza y cae en la boca del túnel, los que vienen detrás, empujados por la inercia y por la imposibilidad de frenar, caen sobre él. En pocos segundos se puede formar una pared humana de cuerpos entrelazados, un muro de carne blanca y roja que bloquea por completo la entrada.

La historia de Pamplona guarda en su memoria colectiva las imágenes de estos montones con un dolor sordo y respetuoso. Ver llegar a la manada de toros frente a una muralla de jóvenes caídos es una de las visiones más estremecedoras que puede ofrecer el planeta. En esos instantes de horror absoluto, la naturaleza del toro bravo vuelve a sorprender al mundo. Muchas veces, los animales, demostrando una nobleza que supera a la humana, intentan saltar por encima de la montaña de cuerpos, apoyando sus pezuñas con un cuidado infinito para no herir, buscando desesperadamente el hueco para pasar sin ensañarse. Es una lección de respeto mutuo que queda grabada a fuego en la piel de quienes lo viven.


La arena del ruedo: el abrazo final

Cuando el toro pisa el albero de la plaza, el encierro cambia de naturaleza. El espacio se abre por completo. Los pastores, esos hombres vestidos de verde que son los verdaderos ángeles custodios de la fiesta, corren desplegados con sus varas, abriendo los brazos, llamando a los toros para conducirlos directamente a los corrales de la plaza, los "chiqueros".

El trabajo de los pastores es una obra de arte de la discreción y la eficacia. No buscan la foto, no buscan la gloria. Su recompensa es que la manada entre limpia, que ningún toro se dé la vuelta en el ruedo, que nadie resulte herido en el último segundo. Conducen a las reses con silbidos, con gestos suaves, hablándoles en un idioma que solo los hombres de campo y los animales comprenden.

Detrás de ellos, el último cohete estalla en el cielo de Pamplona. Es el aviso que toda la ciudad espera con el corazón en un puño: la manada está recogida, el encierro ha terminado. Un suspiro unánime de alivio recorre las calles, los bares, las casas. La vida ha vuelto a ganar la partida. Los corredores se buscan con la mirada en el ruedo, se abrazan con una fuerza inusitada, se besan las mejillas sudorosas y sucias de hollín y adoquín. Están vivos. Han vuelto a nacer. Es una fraternidad que solo comprenden quienes han compartido el umbral de la eternidad durante dos minutos y medio.


Rostros en el recuerdo: la herencia del valor

La historia de los encierros de San Fermín no está hecha de estadísticas ni de récords de velocidad; está hecha de nombres propios, de miradas que se quedaron grabadas en la retina de la ciudad. Pensar en San Fermín es recordar a figuras míticas como Julen Madina, cuya planta elegante y zancada poderosa dominó el callejón durante décadas, enseñando a generaciones enteras cómo se debe respetar al toro.

Es recordar también a los caídos. Porque el encierro es de verdad, y la verdad a veces duele con una crueldad insoportable. Dieciséis corredores han dejado su vida en el adoquín pamplonés desde que se tienen registros oficiales. Cada uno de ellos tiene un altar invisible en el corazón de la fiesta. Nombres como el de Daniel Jimeno, fallecido en el tramo de Santo Domingo en 2009, o el de Matthew Tassio, el joven estadounidense que en 1995 sintió la llamada atávica de la fiesta y encontró su destino en la plaza del ayuntamiento.

Pamplona no olvida a sus muertos. No los esconde como un tabú; los recuerda con un cariño inmenso, con un respeto casi religioso. Sus fotografías aparecen discretamente cada 7 de julio junto a la hornacina del santo, acompañadas de velas encendidas. Su pérdida no se ve como el resultado de una temeridad absurda, sino como el sacrificio supremo en el altar de una tradición que se ama por encima de todas las cosas. Ellos forman parte del aire de la ciudad, de esa bruma matinal que acompaña a los corredores antes de la carrera.


El encierro interior: el testimonio de los que miran

Pero San Fermín no es solo de los que corren. Existe una historia paralela, igual de hermosa y llena de sentimiento, que se escribe en los balcones y en las aceras tras las maderas de pino carrasco que protegen el recorrido. Son las madres que no duermen esperando la llamada telefónica del hijo a las ocho y diez de la mañana. Son las abuelas que encienden una vela a San Fermín y rezan el rosario con los ojos fijos en la pantalla del televisor, con el corazón encogido cada vez que ven una camiseta blanca rodar por el suelo.

El encierro se vive con una intensidad emocional que une a las familias. Es un cordón umbilical que pasa de padres a hijos. El abuelo le cuenta al nieto cómo corría él con alpargatas de esparto, cuando las calles no estaban masificadas y los toros de Miura o de Pablo Romero cruzaban la ciudad como trenes negros en la penumbra. Le enseña a doblar el periódico con la tensión exacta, a elegir el tramo adecuado según sus facultades, a respetar las órdenes de los pastores.

Ese traspaso de conocimiento es un acto de amor puro. No se empuja al hijo a correr por orgullo herido o por exhibicionismo; se le acompaña en su decisión porque se comprende que el encierro es una escuela de vida. Quien aprende a mirar al toro de frente en la Estafeta, quien aprende a mantener la calma cuando el peligro le acecha a pocos centímetros, estará mejor preparado para afrontar las cornadas que la vida da en forma de enfermedad, de desamor o de fracaso. El encierro templa el carácter, pule el alma y dota al ser humano de una dignidad serena que le acompaña para siempre.

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