Curro Vázquez: El perfume eterno del "Torero de Toreros"


Por la puerta grande de la memoria y la justicia poética ha entrado Curro Vázquez. No con el traje de luces que tantas veces ensangrentó, sino con el reconocimiento de toda una nación que ha visto en él la esencia misma de un arte que se resiste a morir





Editorial | 

El pasado lunes 27 de abril de 2026, el maestro de Linares recibió en el Senado de España el Premio Nacional de Tauromaquia, un galardón que va más allá de un trofeo: es el abrazo de la historia a un hombre que ha hecho de la elegancia su única bandera.


Una vida escrita con sangre y seda

Manuel Antonio Vázquez Ruano, nacido en Linares en 1952, no eligió el camino fácil. Su historia es la de un niño que soñaba con la gloria y que, a fuerza de voluntad y una "férrea determinación", se convirtió en una figura de culto. Madrid fue su hogar y su juez; en Las Ventas sumó 82 corridas, grabadas a fuego en las retinas de los aficionados más exigentes.

Pero ser "torero de toreros" tiene un precio. La tragedia llamó a su puerta aquel fatídico 2 de junio de 1983, cuando un toro de Alonso Moreno le hundió el pitón en la femoral. En ese boquete donde la sangre se confundía con la seda grana, Curro estuvo a punto de perderlo todo. Sin embargo, volvió. Volvió con la misma verdad y la misma hondura, demostrando que el valor no es ausencia de miedo, sino la capacidad de torearlo con arte.


El milagro de los 74 años

El jurado no solo ha premiado su vasta trayectoria, sino un momento que rozó lo místico: su actuación el 12 de octubre de 2025 en el festival benéfico de Madrid, homenaje a su querido Antoñete. A sus 74 años, el maestro volvió a hacer el paseíllo y, en un despliegue de magisterio absoluto, recordó al mundo por qué el toreo es, ante todo, un sentimiento que no caduca.

Con la voz entrecortada al recoger el premio, Curro confesó con la humildad de los grandes: "Cuando me llamaron, me entró una ilusión tremenda... me acordé de los míos y de cuando era niño". En su discurso, destacó con esperanza cómo la juventud está regresando a las plazas: "Está ocurriendo una cosa fantástica... los chavales se han aficionado como nunca había visto yo".


El legado del apoderado y maestro

Tras retirarse de los ruedos, Curro no abandonó el albero. Se convirtió en la sombra y guía de figuras como Cayetano, Morante de la Puebla, Alejandro Talavante o Ginés Marín. Para ellos, no es solo un apoderado; es el depositario de un perfume antiguo, de una torería que se transmite en los consejos silenciosos del callejón.

Hoy, Curro Vázquez descansa en la paz del deber cumplido. Su Premio Nacional es el triunfo de la estética sobre la prisa, de la verdad sobre el espectáculo. Porque, como bien dicen quienes le vieron, se puede aprender a dar pases, pero torear como Curro Vázquez es un don que solo el destino otorga a unos pocos elegidos.

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