Editorial |
Todo comenzó en el cuarto toro de la ganadería de Álvaro Núñez; recibo capotero, toreando con una sola mano el percal, verónicas templadas moldeadas con duende levantó desde el inicio al público maestrante del coso baratillero. Ya en el tercio de banderillas pidió a la presidencia una silla de tijera ejecutando el tercer par al quiebro sentado; Sevilla paró sus relojes y la Maestranza en pie.
Al compás de la silla comenzó la faena de muleta, con una obra maestra de improvisación, duende, pureza y temple marcando muletazos llenos de sentimiento y sobre todo cercanía con el toro; bien arrimao'.
Este cuarto de la tarde fue a más, lleno de intensidad y el astado marcó con clase y compás respondiendo con raza a Morante. Y Sevilla... Sevilla es luna llena donde los faroles de su Feria hacen bello su alumbrar. La Real Maestranza se vino arriba y el albero cambio de color cubriéndose de pureza y oro. Un toreo sin igual lleno de tradición y vanguardia, estilo que define al maestro de la Puebla del Río.
Aunque la espada no le ayudó... las casi dos orejas y el rabo que podrían haber rematado, se materializaron en dos vueltas al ruedo llenas de emociones y sentimientos; Sevilla completamente entregada a su querido y añorado Morante de la Puebla. No le concedieron abrir las maderas del coso baratillero, pero el público enloquecido de arte llegó a saltar al ruedo con la intención de sacar a Morante a hombros por la Puerta del Príncipe, ignorando cualquier tipo de reglamentación.
Morante salió finalmente a hombros por la Puerta de Cuadrillas con la Maestranza rendida a sus pies. Un nuevo capítulo que reafirma la historia de la tauromaquia bajo el sello de José Antonio, ¡Morante de la Puebla!
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