Dom Pérignon Rosé, tras una transformación lenta y controlada durante casi quince años en bodega, es una encarnación de la tensión entre la luz y la oscuridad. Representa la dedicación a la creación como una forma radical de explorar nuevas posibilidades.
Con las temperaturas más bajas desde 1996, la primera parte del año rompió con la tónica de la década. Las heladas invernales y una primavera fría testimoniaron la latitud septentrional del viñedo. El verano fue caluroso, pero no excesivamente, y las lluvias, poco frecuentes, parecían confirmar los pronósticos de un año especialmente seco.
De repente, a mediados de agosto, todo cambió. En solo dos días, cayó el equivalente a dos meses de lluvia. Con el calor y el agua, la maduración fue rápida y generosa, pero la vendimia comenzó con la aparición de botritis en las uvas de pinot noir. Como ocurrió en 1995, las uvas tuvieron un elevado equilibrio, a la vez dulce y ácido, pero hubo que descartar algunas parcelas y seleccionar otras con esmero para extraer lo mejor de una añada rica en contrastes.
Nariz y boca, intensidad y precisión
El vino es sorprendente, menos potente de lo esperado. Su potencia se expresa también con ligereza. Resulta notablemente intenso y preciso; a la vez delicado, denso y sedoso. Todo parece integrarse en él en una precisa armonía de los contrastes.
La coherencia de su materia llena la boca con una sensación envolvente, casi suspendida, que se despliega y se amplifica, prolongándose a lo largo de la degustación. Su personalidad transmite aplomo y seguridad. Posee una estética refinada y distinguida, que se extiende con elegancia y majestuosidad. El final, afirmado y persistente, recuerda al aroma de las peonías y la pimienta blanca.
Dom Pérignon Rosé Vintage 2010 traslada una sensación de confianza, refinamiento, elegancia y majestuosidad. Al maridarlo con productos vegetales o yodados —pez araña, erizo de mar, hojas de nabo, zumaque o alcachofas—, se aprecia a la perfección la dualidad del vino, que manifiesta todos sus matices aromáticos. Algunos ingredientes, como el erizo de mar, la panceta, la col rizada o el chile, revelan las líneas del vino: su acidez y estructura tánica, ocultas tras la fruta.
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