Ronda en su altar de albero; la Goyesca del reencuentro y el alma


Hay silencios que pesan más que la piedra, silencios que se clavan en el alma como una larga ausencia que no encuentra consuelo. Durante veinticuatro meses eternos, la Real Maestranza de Caballería de Ronda guardaba un mutismo sepulcral. Sus columnas de piedra bacheada, su doble galería de arcos que parecen sostener el cielo de Andalucí­a, y ese albero dorado que guarda los secretos de los Pedro Romero y los Antonio Ordóñez, permanecieron en un letargo forzoso. La estructura milenaria pedía clemencia, exigía un respiro para consolidar sus cimientos ante el paso inexorable del tiempo; dos años sin Goyesca. Dos años sin el crujir de los vestidos de seda, sin el aroma a nardos y a historia, sin el eco de los clarines rasgando la tarde de septiembre





Editorial | autor: Ignacio Benítez

Pero la tarde del sábado 5 de septiembre de 2026, el milagro volvió a acontecer. No era una corrida más; era la Goyesca de la resurrección emocional, el reencuentro de un pueblo con su mito, el abrazo largamente postergado entre la maestrí­a y la leyenda. Ronda no solo abrió sus puertas; abrió el pecho de par en par para albergar una marea de sentimientos que inundó cada rincón del tajo, desde el abismo del Puente Nuevo hasta el último rincón de la calle Tenorio. Decir Ronda en septiembre es invocar al duende, llamar a esa magia incorpórea que solo se entiende cuando el sol de la tarde empieza a sesgar la plaza y las sombras de los jinetes y los toreros se agigantan sobre la pared encalada.

El ambiente matutino ya presagiaba que estábamos ante una jornada histórica. Las damas goyescas, con sus mantillas de madroños, sus peinetas de carey y esos vestidos que parecen rescatados de un lienzo directo del Museo del Prado, paseaban en enganches de época, regalando sonrisas que mezclaban el orgullo de la tradición con la emoción contenida del regreso. Los corazones latí­an a un ritmo distinto, al compás de un pasodoble que aún no sonaba pero que todos llevaban ya grabado en el pecho. Había cariño en cada saludo, un amor profundo por una herencia cultural que trasciende lo meramente taurino para convertirse en un ejercicio de identidad, de romanticismo puro en un siglo XXI a menudo demasiado deprisa y desalmado.

La Real Maestranza no es una plaza de toros; es un templo donde el tiempo se detiene. Cruzar su umbral es realizar un viaje místico al siglo XVIII, despojarse de las urgencias del mundo exterior y entregarse a la contemplación de la belleza en su estado más puro. Para esta edición de 2026, tras las minuciosas obras de restauración que han devuelto el esplendor y la seguridad a sus graderí­os, el coso lucía más hermoso que nunca. El albero, perfectamente peinado, parecía un lienzo dorado esperando las pinceladas de los maestros.

Bajo la batuta organizativa de Francisco Rivera Ordóñez, quien custodia el legado de su abuelo el gran Antonio Ordóñez con un celo que mezcla la devoción filial y el rigor empresarial, todo estaba medido al milímetro. Pero la perfección de la Goyesca no radica en la logística, sino en el alma que se respira. Hay un respeto con reverencia en el aire, un amor por el detalle que se percibe en los adornos florales, en la compostura del público, en la mirada de los viejos aficionados que recuerdan las tardes en que las cámaras de fotos eran en blanco y negro y Orson Welles o Ernest Hemingway se sentaban en barrera a paladear el misterio de la vida y la muerte.

La Goyesca es, por encima de todo, un acto de amor a la estética goyesca. El traje de luces tradicional se sustituye por la seda, el terciopelo, los bordados en azabache, los encajes y los capotes de paseo que evocan la época de Francisco de Goya y Lucientes. Es el arte rindiendo homenaje al arte. Cuando los alguacilillos vestidos a la federica rompieron el paseí­llo, el rugido de la plaza no fue de euforia, fue un suspiro colectivo de alivio y felicidad: "Ya estamos aquí; Ronda ha vuelto".


Diego Ventura, poesía a caballo

El festejo comenzó con la majestuosidad del arte ecuestre en las manos, y sobre todo en la mente de Diego Ventura. El rejoneador acudió a Ronda con la responsabilidad de abrir una tarde cargada de expectativas. Y lo hizo desde el amor absoluto a su profesión y a sus animales, esos caballos que no son meras herramientas de trabajo, sino extensiones de su propio ser, cómplices de una danza mortal y bellí­sima.

Ante el primero, Ventura dictó una lección de torería a caballo. Hubo un momento de una plasticidad conmovedora cuando, a lomos de 'Nazarí­', el caballero se midió al astado en terrenos de cercanía, templando la embestida con el pecho del caballo, cosiendo la arrancada del toro a la grupa en un galope de costado que levantó a los espectadores de sus asientos. La plaza era un clamor de pañuelos y suspiros. La compenetración entre jinete, caballo y toro fue un canto al entendimiento de la naturaleza, una demostración de que el rejoneo, cuando se ejecuta con el corazón en la mano, alcanza cotas de una ternura indescriptible.

Ventura no buscó el efectismo fácil; buscó la pureza que exige Ronda. Cada banderilla fue un monumento a la verdad, batiéndose al pitón contrario, asomándose al balcón de los adentros con una valentí­a serena. Tras un rejonazo certero, el público se entregó por completo concediéndole los máximos trofeos. El rejoneador paseó las dos orejas con lágrimas en los ojos, mirando al cielo rondeño, sabedor de que había devuelto la gloria a un ruedo sediento de arte.


Morante de la Puebla; el aroma de la nostalgia

Hablar de Morante de la Puebla en Ronda es hablar de la comunión perfecta entre el torero y el mito. Morante es un alma del siglo XIX atrapada en el cuerpo de un genio contemporáneo. Su sola presencia en el patio de cuadrillas, enfundado en un traje goyesco de una sobriedad y elegancia exquisitas, ya justificaba el precio de cualquier entrada.

El genio de La Puebla del Río vení­a a Ronda a ofrecer su corazón, a pesar de los dolores físicos y las batallas internas que arrastra un artista de su calibre. Con su primer toro, un animal noble pero medido de fuerzas, Morante dibujó verónicas que no fueron lances, sino caricias al viento. El capote, mecido con esa lentitud casi religiosa que solo él posee, detuvo el tiempo en la Real Maestranza de Caballería de Ronda. Cada media verónica fue un remate escultórico, un poema visual que se grabó a fuego en la memoria de los presentes.

En la faena de muleta, Morante buscó la belleza desde el desgarro. No fue una faena larga, ni de un dominio absoluto, porque el arte de Morante no entiende de estadísticas; entiende de duende. Hubo tres naturales de una profundidad infinita, con la figura erguida, la mano baja y el pecho desnudado ante el peligro, que provocaron un olé unánime y ronco, de esos que nacen de las entrañas de la tierra. Aunque la espada no entró a la primera, privándole de los trofeos tangibles, el aroma de su torerí­a quedó flotando en el aire de Ronda, como el perfume delicado de una rosa que se resiste a marchitarse. El público lo despidió con una ovación cariñosa, un aplauso de agradecimiento sincero por haber regalado, una vez más, chispazos de una genialidad irrepetible.


José María Manzanares, la elegancia y el trono de la estética 

José María Manzanares representa el canon de la elegancia clásica, la conjunción perfecta entre la planta y la delicadeza en las formas. En Ronda, un escenario que premia la estética por encima de la brusquedad, el alicantino se sintió como en casa. Su traje goyesco, confeccionado con un gusto exquisito, realzaba una figura que parece diseñada para ser esculpida en mármol.

Manzanares recibió al toro con un ramillete de verónicas de impecable factura, ganando terreno hacia los medios con una cadencia perfecta. Su faena de muleta fue una obra arquitectónica basada en la armoní­a y el equilibrio. Con la mano derecha, el torero corrió la mano con una  profundidad extraordinaria, templando la embestida del astado de Garcigrande con una suavidad amorosa. No habí­a violencia en sus toques, solo una invitación elegante a embestir, un diálogo de alta escuela entre el hombre y el toro.

Los pases de pecho, eternos, abrochados a la hombrera, hicieron crujir las maderas de la Maestranza. Manzanares toreó con el alma en calma, disfrutando de cada milí­metro de albero, contagiando a los tendidos de esa seguridad sensorial que le caracteriza. A la hora de matar, ejecutó la suerte suprema con la pureza y la verdad que heredó de su añorado padre, volcándose sobre los pitones con el pecho por delante. La estocada, fulminante, desató la petición unánime de las dos orejas que paseó con una sonrisa de felicidad absoluta, compartiendo su triunfo con una plaza que lo quiere y lo admira desde hace décadas.


Juan Ortega, el triunfo de la pureza y el clasicismo

Y entonces llegó el turno de Juan Ortega. Si la tarde ya estaba siendo un bálsamo de emociones, el sevillano se encargó de elevarla a los altares de la historia taurina. Ortega es el silencio que habla, la discreción que deslumbra, la pureza sin aditivos ni fuegos artificiales. En una tarde donde Ronda buscaba su esencia perdida, Juan Ortega se convirttió en el custodio de las esencias más puras del toreo.

Desde que se abrió de capa con su primer toro, se percibió que algo grande iba a suceder. Las verónicas de Ortega no tuvieron velocidad; tuvieron una lentitud celestial, un compás que parecí­a dictado por la música Callada de San Juan de la Cruz. El torero acompañaba la embestida con todo el cuerpo, cargando la suerte con una naturalidad pasmosa, hundiendo las zapatillas en el albero como si quisiera echar raíces en la historia de Ronda.

Pero lo cumbre llegí en el último toro de la tarde, el que cerraba plaza y ciclo de espera. Ante un toro de Garcigrande que tuvo nobleza y transmisión, Ortega realizó una obra de arte total. La faena de muleta comenzó con unos ayudados por lo bajo de una torerí­a andaluza indescriptible, evocando las mejores tardes de los años de oro del toreo. Cada muletazo era una caricia, una entrega absoluta de amor hacia el toro y hacia el público. Ortega no toreaba para la galería; toreaba para sí mismo, para calmar una sed de arte que solo los elegidos comprenden.

Los naturales fueron monumentales: de frente, ofreciendo el medio pecho, arrastrando la muleta por el albero y vaciando la embestida detrás de la cadera con un abandono mí­stico. La plaza entera se puso en pie, conmovida, con làgrimas en los ojos de muchos aficionados que veían en Ortega la reencarnación del toreo eterno. Fue una faena de un cariño inmenso hacia el animal, respetando sus tiempos, dosificando sus fuerzas, creando una atmósfera de comunión espiritual que raras veces se vive en un coso taurino.

Tras una estocada soberbia, ejecutada con una lentitud pasmosa, la plaza se convirtió en un mar de pañuelos blancos. El presidente no dudó en conceder las dos orejas y, ante el clamor ensordecedor de un público ebrio de arte, se sumó una oreja más de su primer toro, completando un balance de tres orejas que lo encumbraban como el gran triunfador de la Goyesca del Reencuentro.



La Puerta Grande de las emociones

La apoteosis final llegó cuando la noche ya cobijaba a la ciudad del Guadalevín Con los úlimos rayos de sol extinguiéndose tras las serranías malagueñas, la mí­tica Puerta de Pedro Romero se abrió de par en par. Sobre los hombros de los capitalistas surgieron las figuras de Diego Ventura, José María Manzanares y un pletórico Juan Ortega, escoltados por el respeto reverencial a un Morante que, aún sin trofeos, caminaba con la dignidad de los reyes absolutos.

Ver salir a los tres triunfadores a hombros, con sus rostros iluminados por la mezcla del cansancio y la gloria, bajo la mirada emocionada de las damas goyescas y el aplauso cerrado de miles de almas, fue una de las estampas más bellas que recordará la crónica social y taurina de España en muchos años. Ronda habí­a sanado sus heridas; el silencio de dos años se había transformado en un canto a la vida, a la tradición y al amor por lo nuestro.

Francisco Rivera Ordóñez, desde el callejón, contemplaba la escena con una mezcla de orgullo y alivio. La Goyesca de 2026 no solo ha sido un éxito rotundo en lo artístico­ y en lo económico, con el cartel de "No hay billetes" colgado desde hace semanas; habí­a sido, sobre todo, un triunfo del corazón. Ronda habí­a demostrado que su idilio con la historia sigue intacto, que el espíritu de Goya sigue paseando por sus tendidos y que, mientras haya toreros capaces de jugarse la vida con esa pureza y aficionados dispuestos a conmoverse hasta las lágrimas, este milagro de septiembre seguirá aconteciendo año tras año.

El eco de los olés tardaron meses en apagarse en las paredes de la Real Maestranza. Los aficionados abandonaron la plaza lentamente, como estirando los minutos, paseando por las calles empedradas de Ronda con la certeza de haber sido testigos de un trozo de historia viva. Porque la Goyesca no se explica con palabras; se siente en el pecho, se guarda en el alma y se recuerda, siempre, con un cariño infinito. Ronda, en su altar de piedra y albero, volvió a reinar en el universo del arte.

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