La Plaza Real de El Puerto de Santa María vivió una noche para la eternidad con la apoteósica Puerta Grande de José Antonio Morante de la Puebla. En un abarrotado coso donde se colgó el cartel de «no hay billetes», el genio cigarrero desafió el dolor de su mano herida y los azotes del viento de levante para esculpir una de las obras más conmovedoras, puras y lidiadoras de su trayectoria. El toreo, despojado de artificios, volvió a ser ese misterio sagrado que solo unos pocos elegidos pueden descifrar bajo el cielo de Cádiz
Editorial | autor: Ignacio Benítez
Hay tardes en las que el toreo deja de ser un espectáculo reglamentado y se transforma en una liturgia espiritual, en una herida abierta que sangra belleza sobre la arena. Lo vivido ayer en la Plaza Real de El Puerto de Santa María no pertenecerá a las estadísticas frías de las crónicas ordinarias; pertenecerá, desde ya, al patrimonio de la memoria sentimental de quienes tuvimos la fortuna de respirar el mismo aire que un genio tocado por la gracia y el sufrimiento.
José Antonio Morante de la Puebla llegó a El Puerto envuelto en un halo de misterio, incertidumbre y dolor. Dos días antes, en las arenas de Palma de Mallorca, la espada le había partido la carne entre el dedo pulgar y el índice, dejando su mano izquierda maltrecha y abierta. Los partes médicos aconsejaban un reposo riguroso, la lógica dictaba la renuncia.
Pero los genios no operan bajo las leyes de la lógica, sino bajo los mandatos imperativos del alma. Con una férula invisible sostenida solo por el pundonor, y vestido con un terno tabaco y oro de sabor decimonónico, el maestro de La Puebla del Río pisó el ruedo portuense dispuesto a vaciarse por completo.
El ambiente en los tendidos de la bellísima Plaza Real era de una electricidad insoportable. No cabía un alfiler; el «no hay billetes» lucía en las taquillas como el anuncio de un advenimiento. Flotaba en el aire gaditano ese aroma insustituible de las tardes grandes, donde el rumor de la brisa marina se mezcla con el murmullo de la expectación. Tras el paseíllo, roto por los acordes solemnes del Himno Nacional, la afición portuense se puso en pie de manera unánime para obligar a Morante a saludar.
Fue una ovación cerrada, unánime, un abrazo colectivo que predecía la tormenta emocional que estaba a punto de desatarse. El Puerto quería mimar a su torero, y el torero iba a devolver ese cariño entregando su propio cuerpo al sacrificio de la creación artística.
El primer suspiro: el bálsamo del temple contra el dolor
El abridor de la tarde, perteneciente a la seria y exigente divisa de Álvaro Núñez, asomó por chiqueros con una clase quebradiza. Morante, midiendo cada esfuerzo de su mano lisiada, lo recibió con lances de capote preñados de una infinita suavidad. Cada verónica fue un trazo de pincel fino sobre un lienzo de seda. Sin forzar, acompañando la embestida con el cuerpo doblado por el desmayo andaluz, el cigarrero fue haciendo al toro, ganándole el terreno con andares de plata.
Fue en la faena de muleta donde el dolor físico se evaporó para dar paso al magisterio. Conducir la muleta con la mano herida requería un esfuerzo sobrehumano, pero José Antonio aplicó el bálsamo del pulso y el ritmo de manera milagrosa. Los derechazos brotaron esféricos, ligados en un palmo de terreno, limpios y templados. El Puerto comenzó a crujir. El olé de los tendidos ya no era un grito seco, era un lamento sostenido, un canto hondo que brotaba del pecho de una afición desbordada de gozo.
Al natural, cuando el pitón pasaba a milímetros de los muslos y la mano se resentía en cada pase, Morante estiró los vuelos con una pureza conmovedora. La plaza era un manicomio de almas rendidas. Tras pinchar en todo lo alto en un gesto donde se le contrajo el rostro por el sufrimiento de la llaga, recetó una estocada recibiendo de un mérito incontestable. Cayó el animal, y el pañuelo blanco asomó en el palco presidencial para conceder la primera oreja. Al pasear el anillo, Morante recogió una bandera con su mano maltrecha y la besó con los ojos empañados. El milagro había comenzado.
El cuarto de la tarde: la apoteosis frente a la complicación y el viento
Pero lo verdaderamente grandioso, lo que elevó la tarde a los altares de la épica y la leyenda, estaba por llegar en el cuarto astado. Salió un toro áspero, incierto, desordenado en sus intenciones, de esos que buscan los tobillos y desarrollan un comportamiento pegajoso e incómodo. Para colmo de males, el viento de levante, ese enemigo invisible y maldito de los toreros en tierras gaditanas, comenzó a soplar con fuerza, agitando los trastos y desnudando la quietud de los hombres.
En otra época de su vida, con una mano rota, un toro complicado y el viento azotando las tablas, Morante habría abreviado con dignidad. Hubiera buscado la espada de verdad para quitarse de en medio un problema evidente. Pero el Morante del año 2026 es un lidiador total, un torero absoluto que ha maridado el duende estético con una capacidad técnica y un valor seco insospechados. Lo que hizo ayer fue una demostración de heroicidad oculta tras los pliegues de la torería más añeja.
Se plantó el maestro en el tercio, desafiando las ráfagas que levantaban la muleta. Aguantó parones escalofriantes, momentos en los que el astado se quedaba debajo de su pecho, midiendo los hilos del traje de luces.
En lugar de dudar, Morante adelantó la muleta planchada, le tapó la salida, le obligó a embeberse en el engaño y le arrancó muletazos de una hondura colosal. No había inercia; era el poder del pulso contra la aspereza del animal. La plaza se desgañitaba presenciando una obra que minutos antes parecía de realización imposible.
El toreo brotaba según picaba en la piedra del Rescoldito histórico. Fue un trasteo de una verdad descarnada. Una tanda de derechazos, rodilla en tierra en los pases de la firma, crujió los cimientos de la Plaza Real. Los espectadores, con lágrimas en los ojos, se abrazaban en los tendidos. No se estaba viendo un triunfo fácil de orejas amables; se estaba contemplando el triunfo del espíritu humano sobre la materia indómita. Tras un aviso del palco y una estocada contraria pero fulminante, el clamor fue ensordecedor. La petición de oreja fue un rugido unánime que obligó al presidente a sacar el pañuelo. Morante había reventado El Puerto. Tenía en sus manos el pasaporte a la gloria de la Puerta Grande.
La corrida avanzó entre cumbres de enorme calibre emocional. Alejandro Talavante, que vestía de sangre de toro y oro, firmó una obra antológica ante el extraordinario quinto de la tarde, un toro de nombre Ponderoso que derrochó una bravura clamorosa y para el que la plaza entera pidió el indulto con una insistencia atronadora. Aunque el palco negó el perdón de la vida al animal —premiado justamente con la vuelta al ruedo en el arrastre—, Talavante cuajó una faena en una baldosa, repleta de fantasía, quietud y una profundidad infinita que le valió las dos orejas.
Por su parte, el sevillano Juan Ortega dejó destellos de una exquisitez capotera casi mística. Su recibo a la verónica y un galleo por chicuelinas al sexto toro rozaron la perfección armónica de un lienzo antiguo, provocando que los aficionados volvieran a ponerse en pie ante la herencia viva del toreo clásico. Aunque la espada le privó del triunfo grande, Ortega completó una trilogía de artistas que devolvió a la afición el sentido primordial de la tauromaquia.
Pero el clímax de la jornada aguardaba a la salida, cuando los cerrojos de la mítica Puerta Grande de la Plaza Real se abrieron de par en par. La noche de El Puerto ya había caído, iluminada por las farolas barrocas y el resplandor de una luna que parecía querer asomarse a contemplar el cortejo triunfal. Una marea humana insondable invadió el ruedo para alzar sobre sus hombros a Morante de la Puebla y a Alejandro Talavante.
Ver a Morante izado sobre los hombros del pueblo, con su rostro pálido marcado por el cansancio extremo, el dolor físico y la satisfacción del deber cumplido, fue una estampa que evoca las glorias de los viejos mitos de la edad de oro. Cientos de jóvenes, con los ojos brillantes de emoción, rodeaban al genio cigarrero mientras cruzaba el dintel de la puerta monumental. Los gritos de ¡Torero, torero! rebotaban contra los muros centenarios del coso, extendiéndose por las avenidas de una ciudad que sabe que ayer se escribió una página imborrable en su crónica taurina.
El maestro, sosteniéndose apenas con las fuerzas que le restaban, saludaba con su montera en alto, agradeciendo un tributo que nacía del respeto más profundo. Los puros se encendían en la noche, el humo flotaba en el aire y la multitud acompañó la procesión humana por los alrededores de la plaza, en un clamor popular que proclamaba a los cuatro vientos que el arte verdadero, cuando se paga con la moneda del valor absoluto y la entrega sin condiciones, sigue siendo capaz de conmover hasta la médula el corazón de los hombres.
Como bien resumió en su día el poeta Rafael Alberti sobre las tardes de su infancia en esta misma localidad, "en El Puerto, los toros eran una fiesta más del verano, algo tan natural como el mar". Ayer, la marea humana que sacó a Morante en hombros fue exactamente eso: un océano de pasiones desatadas, indomable, eterno y tan natural como el mismísimo mar de Cádiz.
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