El próximo 12 de octubre de 2026, la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid vivirá un acontecimiento que trasciende la simple estadística de una temporada: el regreso de José Antonio Morante de la Puebla a la considerada cátedra mundial del toreo. Exactamente un año después de aquella conmovedora tarde de la Hispanidad de 2025, en la que el genio cigarrero hizo crujir los cimientos espirituales del toreo al despojarse del añadido en los medios tras una faena apoteósica, el destino vuelve a citarlo con su afición más exigente
Editorial | autor: Ignacio Benítez
En un cartel que completan el triunfador de la Copa Chenel, el mexicano Héctor Gutiérrez, y el joven maño Aarón Palacio, quien confirmará su alternativa, se lidiarán astados con las divisas salmantina de Garcigrande y gaditana de Núñez del Cuvillo. Más allá de los nombres y de las ganaderías, la tarde se perfila como un ejercicio de profunda nostalgia colectiva y, al mismo tiempo, como el último gran hálito de esperanza para quienes conciben la tauromaquia no como un ejercicio de valor atlético, sino como una de las bellas artes.
El toreo es, ante todo, memoria, y Madrid guarda en sus muros de ladrillo neomudéjar el eco de todas las glorias y los llantos de la historia taurina. Cuando Morante de la Puebla cruce el umbral del portón de cuadrillas el próximo 12 de octubre, no lo hará un hombre cualquiera; lo hará un concepto, un mito viviente que camina despacio, arrastrando los pies con esa parsimonia antigua que evoca los tiempos de Gallito y de Belmonte.
El aficionado que acuda a Las Ventas esa tarde llevará en el pecho el recuerdo fresco de un año atrás, cuando el rumor de una retirada definitiva encogió el alma de la Villa y Corte. Aquel gesto de despojarse de la castañeta en el ruedo madrileño fue un nudo en la garganta de los puristas, una declaración de principios de un creador que se sentía vacío por dentro, exhausto tras una lucha titánica contra sus propios fantasmas y las exigencias de un sistema implacable.
Aquel adiós que parecía definitivo se ha transformado, por obra y gracia del misterio del toreo, en una espera cargada de ansiedad. Regresar a Madrid un año después es un acto de valentía suprema, pero también de absoluta necesidad espiritual. Morante no puede vivir sin Madrid, y Madrid, aunque a veces lo niegue con su severidad castellana, brama en secreto por volver a cobijarse bajo el ala de su sombrero y el vuelo de su capote. El regreso del torero de La Puebla del Río es la confirmación de que el arte verdadero nunca se retira del todo; permanece latente, esperando el instante justo en que el viento se calme, el toro humille y los planetas se alineen en el albero de la calle Alcalá.
El cartel de la Hispanidad: Juventud, mérito y veteranía
La empresa Plaza 1 ha querido rodear el regreso del maestro con un marco de indudable interés y justicia taurina. Abrirá la tarde el ritual litúrgico de la confirmación de alternativa de Aarón Palacio, un torero aragonés que a lo largo de este año 2026 ha despertado las ilusiones de los aficionados por su frescura, su concepto clásico y su desparpajo frente a las dificultades. Ver a un chaval confirmar su doctorado de manos de Morante de la Puebla es asistir a la transmisión directa del fuego sagrado de la tauromaquia, un relevo generacional impregnado de respeto y reverencia.
A su lado estará Héctor Gutiérrez, el espada mexicano que se ganó a pulso este puesto de privilegio tras proclamarse triunfador absoluto de la exigente Copa Chenel. El caso de Gutiérrez es el vivo ejemplo de la meritocracia en el toreo actual: un diestro que ha tenido que derramar su sangre y mostrar una entrega sin fisuras en los pueblos de la Comunidad de Madrid para ver recompensado su esfuerzo con el contrato de su vida. El contraste entre la madurez barroca de Morante, el hambre de gloria del mexicano y la pureza inicial del aragonés dota a la Corrida de la Hispanidad de un equilibrio perfecto, donde el pasado, el presente y el futuro se conjugan en un mismo espacio de tres horas.
Garcigrande y Núñez del Cuvillo: La materia prima del arte
Para que el milagro de la pureza acontezca en Las Ventas, se requiere la colaboración del toro, ese animal totémico que es eje y fundamento de la fiesta. Los hierros reseñados para esta fecha, Garcigrande y Núñez del Cuvillo, representan la regularidad de las embestidas y la clase necesaria para que el toreo despacioso de Morante pueda expresarse en toda su magnitud. Madrid, no obstante, mirará con lupa cada pitón, cada remate y cada comportamiento. El toro de Madrid exige el trapío que corresponde a la primera plaza del mundo, y el torero sevillano sabe que la exigencia del tendido madrileño no admite concesiones, ni siquiera para un genio de su calibre.
La afición espera que salten al ruedo ejemplares que reúnan esa conjunción perfecta de casta y nobleza, capaces de humillar y seguir los engaños con fijeza. En el toreo de Morante de la Puebla, el toro no es un enemigo al que hay que dominar por la fuerza; es un colaborador lírico al que se debe comprender, acariciar con las telas y embarcar en una danza mortal donde la armonía suaviza la brutalidad de la muerte. Si las reses de Justo Hernández y de la familia Núñez permiten ese diálogo, Las Ventas presenciará una lección de estética que justificará, por sí sola, el viaje de miles de peregrinos taurinos que llegarán a la capital desde todos los rincones de la geografía nacional.
La nostalgia de la pureza en la catedral del toreo
¿Qué busca el aficionado que acude a ver a Morante de la Puebla a estas alturas de su carrera? No busca la perfección matemática del pase, ni el tremendismo de la cercanía asfixiante. Busca un detalle, una media verónica con las manos bajas, un trincherazo que pare el tiempo o un natural eterno que dibuje una curva perfecta sobre la arena. Hay una profunda nostalgia en el morantismo: la añoranza de un toreo de otra época, un eco de la edad de oro donde la naturalidad y la gracia andaluza primaban sobre el academicismo rígido que abunda en el escalafón actual.
Madrid es la plaza más dura, pero también la más sensible cuando se toca la fibra de su alma monumental. La expectación por el 12 de octubre es un grito de esperanza colectiva en unos tiempos donde la sociedad camina deprisa, deshumanizada y tecnológica. El toreo de Morante es el último reducto del romanticismo, un anacronismo bendito donde un hombre vestido de seda y oro se la juega frente a un animal bravo armado únicamente con un pedazo de tela y un estoque de madera. En esa pureza radical radica la fuerza de una afición que se resiste a dejar morir su identidad. La tarde de la Hispanidad no será solo una corrida de toros; será una reivindicación del misterio, una liturgia pagana donde la emoción y el sentimiento cotizarán más alto que nunca en el viejo coso de las Ventas de Madrid.
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