A la luz de un candil


El tiempo, ese gran compañero del hombre a lo largo de su vida. Un origen, la esencia, identidad... el mayor orgullo que puede tener una persona, la raíz de donde todo fluye, y que la actual generación quiere rendir un homenaje humilde pero sincero a todos aquellos quienes forjaron la historia, y que con el paso de los años, ese recuerdo histórico lleno de amor queda reflejado en algo más que en el propio corazón. 


Una puerta de madera noble de roble, cerrojo de forja, dintel de granito... Por un momento, el tiempo se para por completo y añoras los recuerdos familiares. Abres la puerta... pero no hay luz; tan solo un candil tallado en forja con una vela, a su lado un antiguo infiernillo, y al encenderlo de repente... tienes la historia familiar delante de tus ojos. Un viaje de lo más fascinante a revivir, y te das cuenta que el mayor tesoro lo estás palpando tal como tus antecesores lo trabajaron.

Parece que fue ayer, en la segunda mitad del siglo XVIII, allá por 1787; por aquellos tiempos Manuel Benítez acaba sus estudios de veterinaria, y lo que menos se espera es que su labor profesional iba a dar un giro inesperado en las generaciones posteriores a la familia. Cuarto centenario de recopilación de cartas, documentos, enseres, material profesional, archivos historiográficos... Cuatro siglos de la historia de la veterinaria bajo el apellido Benítez, el mayor orgullo que puede tener una persona al conversar de recuerdos y añoranzas. Se dice de la veterinaria considerada como un arte, que tuvo su origen en la antigüedad y en el mundo árabe recibía el nombre de albeite [ al-baytar ] aquella persona cuya vocación era la de cuidar las enfermedades del ganado, y que en tiempos actuales se sigue conservando la denominación albeite en la lengua y cultura gallega. Incluso, hay documentos que atestiguan la existencia de inspección cárnica en el Antiguo Egipto, donde ciertas pinturas funerarias tienen representados a los sacerdotes de Sekhmet presidiendo o supervisando el sacrificio ritual de ganado.


El pasar de los años se hace inminente, es la ley de la vida, y la veterinaria sigue su curso natural cediéndose su legado con el paso de las generaciones. Dicen algunas lenguas que era considerado como uno de los grandes eruditos del arte de la veterinaria, el sanador de caballos, una persona noble, de gran personalidad y de buena voluntad; Isidoro Benítez Sánchez, natural de la villa toledana de San Bartolomé de las Abiertas cuyo destino personal y profesional lo dedicaría a escasos kilometros en la localidad de San Martín de Pusa. El hierro, el único material de su instrumental quirúrgico más preciado para la cura y sanación de los animales, medicinas a base de extractos puramente naturales; el arte de veterinaria natural en estado puro.




Y en un abrir y cerrar de ojos, al girarte... los enseres familiares de la gastronomía moderna de la época pasada se apoderan del momento. No hace mucho de eso; Pucheros, orzas, cacerolas, vasijas de barro, molinillo, mesa tocinera, barreños... ¿Quién no añora ese cocido aterrado en el puchero de barro? ¿la carne de matanza que preparaban con mucho cariño nuestras abuelas?... ganchos donde guardaban paciencia lomos y morcillas... El arte culinario más añorado que comenzó a modernizarse tras los avances tecnológicos a finales de la segunda mitad del siglo XX.


He aquí un pequeño retablo literario, como muestra de homenaje, gratitud y orgullo al origen, a las raíces y la evolución familiar tanto en el arte de la veterinaria como en la concepción culinaria. Retales de la vida, recuerdos vividos, otros contados... Agradezco de corazón ser quien soy, de portar la identidad familiar... un hombre que expresa su más profundo sentimiento y cariño por todos nuestros mayores cercanos y otros ya en el azul, siendo ellos los mentores y guías que con el paso de los años - aunque sin seguir estudios veterinarios - nos hacen ser personas libres, queridas y profesionales. (Ignacio Isidoro Benítez Blanco - el autor)